Cigarrillo

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Solo le quedaba un cigarrillo cuando decidió dejar de fumar. Allí quedó, bamboleante dentro de su cajetilla, como un cachorro que esperara ansioso alguien con quien jugar. Decidió conservarlo, guardado en un cajón; le proporcionaba una vaga sensación de triunfo. A veces lo sacaba y lo sopesaba con delicadeza, como si fuera un pergamino antiguo, aspiraba el aroma del tabaco reseco y lo devolvía a su lugar, como con nostalgia de su antiguo yo. Un yo más joven y que fumaba. A la vuelta del funeral, lo encendió y todo se desbocó. Lo apagó a mitad, apresuradamente, y lo guardó de nuevo. Se tumbó en la cama, con las piernas flexionadas. Su figura recordaba vagamente a un cigarrillo apagado.

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Cigarrillo

La puerta

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Subió los diez pisos hasta la azotea. Le extrañó que la puerta estuviera abierta. Pareciera que un hospital fuera un avión en pleno vuelo: botones rojos para atravesar los pasillos y ni hablar de abrir las ventanas. Aquella azotea era horrible; nada de baldosas de terracota, nada de musgo por las esquinas: solo tremendos y ruidosos cajones y un escueto trozo de suelo por el que pasear. Allí, tras un recoveco, se encontró con un nutrido grupo de enfermos, como él, con la bata anudada a la espalda, que le dieron la bienvenida. Charlaron un rato hasta que se sintió inquieto por su ausencia. Se despidió de sus nuevos amigos y se dirigió a la salida. No pudo salir: la puerta solo se abría por dentro. Un coro de espectrales risitas resonó a sus espaldas.

La puerta

SuperWoman

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El malvado Luthor había puesto kryptonita en la bodega, por eso papá llegó como llegó, tambaleándose, despeinado y con esa lengua de trapo que le impedía decir algo razonable. Y por eso estaba de tan mal genio y hacía esas cosas. Pero no te preocupes, cuando se despierte le diremos que no vuelva a esa bodega nunca más, ni a esa bodega ni a ninguno de esos sitios en los que Luthor pueda entrar a tomarse algo y esconder un poquito de kryptonita. Se lo haremos prometer tres veces. Y así papá volverá a ser nuestro Supermán de siempre. Ahora, cariño, duerme, duerme tranquilo.

SuperWoman

fiesta

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Cerró los ojos y sopló las velas. Cuando los abrió, estaba sola. Permaneció unos segundos inmóvil, como si cualquier pequeño movimiento pudiera quebrar esa soledad. Pestañeó y, poco a poco, miró en rededor: nadie. Se levantó de la silla, siempre con una extrema lentitud, y comenzó a recorrer la casa y todos sus rincones, el corazón cada vez más acelerado y una incipiente e incrédula sonrisa en su rostro amarillento, como un niño al que le entregan por primera vez las llaves de casa. Sonrisa que se le heló en los labios cuando, al volver al comedor, cuatro espectros declamaron en una perfecta y sincronizada cacofonía: “¡Soorpresa!”

fiesta

divino

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Debo decidir si aprieto el gatillo o no. A través de mi mirilla está ella, tranquila, viviendo su vida. En un instante puedo hacer que dé un respingo, que caiga fulminada y que salpique de sangre a los que le rodean. Que, por unos instantes, nadie entienda qué ha pasado hasta que las luces de la comprensión les aprisionen y les suma en el dolor, en la desesperación. Dudo y, finalmente, hago que una tormenta repentina arrecie y todos se oculten en sus casas. Dejaré la decisión para un próximo capítulo.

divino