El club de la fantasía

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Hablar de muertos vivientes había perdido todo el interés para Samuel. Ni de vampiros, dragones, elfos o trasgos. Su querencia por la fantasía había cambiado de nombre. Ahora era, simplemente, Lola. La mujer de la limpieza que, todas las mañanas, sonreía ante su desfile de puntillas, como disculpándose por pisarle lo fregado. Sus camaradas del Club le notaban ausente, pero trataban de respetarle, como si intuyeran la naturaleza fantástica de su desazón. Pero, un día, Samuel dejó de aparecer por el Club. Sus compañeros, sintiéndose traicionados, decidieron no pronunciar jamás su nombre y se referían a él como “el habitante del mundo real”.

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El club de la fantasía

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Cuando éramos jóvenes no éramos especialmente felices, pero nuestros sueños no estaban rotos. Veníamos a esta cala apartada, con nuestros padres, y jugábamos con las olas. Mis sueños no eran raros, pero supongo que los soñé a destiempo: enamorarme de ti, cuando tú no buscabas de quien enamorarte; estudiar arquitectura, cuando nadie construía; abandonar este pueblo, cuando era el único lugar en el que podía ganarme la vida. No era especialmente feliz, pero mis sueños no estaban rotos. Vuelvo hasta mi coche consolado por el sol que se pone y tiñe de rojo las olas. Reconozco una vieja sensación cuando me sorprendo buscando mentalmente un lugar en el que comprar un lienzo, unas pinturas y un caballete. Acelero.

 

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De sueños e hipotekas

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Era nuestro sueño, mucho más tuyo que mío, en realidad. Cuando me hablabas de irnos a vivir a Alaska yo pensaba en nuestros trabajos, nuestras hipotecas, nuestra casa, pero te dejaba hacer, fantaseando sin munición, como quien se da un agradable paseo en una embarcación de recreo. Han pasado tres años desde que desapareciste y hoy he recibido una postal tuya. Me pides disculpas, hablas de lo fugaz de la vida y de sueños. Me siento ligeramente aliviada, pero, sentada en mi casa a medio pagar, todavía con ropa de trabajo, miro la postal, una fotografía de Alaska, y no acabo de comprender.

De sueños e hipotekas

Vidas

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Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado. Era lo normal en aquella época, pero él no resucitó a los tres días, ni se fundó una religión en base a su recuerdo. Solo se había reencarnado, como todo el mundo. Tuvo muchas más muertes en los tiempos consiguientes: lapidado, lanceado, arrastrado por caballos, guillotinado, fusilado o electrocutado. Al parecer no conseguía ser del agrado de sus contemporáneos. Sin embargo, todo indicaba que, con esta última vida, la cosa estaba yendo mejor. Ya había cumplido 50 años y todo parecía ir bien. Hasta había obtenido mayoría absoluta.

Vidas

Tal para cual

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Ya se las apañarían para pagar las facturas, se decían. El Agustín, que había sido capitán de navío, se subió a un banco del parque y les casó. Esa misma noche, él le reveló su secreto: era un rico heredero, solo quería comprobar que su amor era verdadero. Ella, con los ojos como platos le confesó que también, que ella también era una rica heredera, con más millones que dientes. Se miraron un instante y se abrazaron, como si hubieran salvado el último repecho antes de coronar la cima. Todavía se les ve por el barrio, sucios, demacrados y durmiendo entre cartones, pero felizmente cogidos de la mano.

Tal para cual

Gritos

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Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá hasta la madrugada. Chillaban antes incluso de salir de la cama, y no paraban hasta que se iban a trabajar. No era extraño que, a lo largo de la mañana, se llamaran para lanzarse diatribas despiadadas e interminables. Así recuerdo a papá y mamá: viviendo a base de gritos. Ahora, cuando voy a visitar a mi padre a la soledad de su residencia, descargo en él todas las frustraciones de mi vida adulta, me paseo por su habitación y elevo la voz hasta que resuenan las paredes, mientras él me escucha con los ojos brillantes. Después, vuelvo a casa, con una vaga sensación de deber cumplido.

 

Gritos

Soledad

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Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada están espolvoreados con las cenizas de mi tatarabuela, una mujer de una personalidad tremendamente enigmática. De las ventanas cuelgan fémures, tibias y costillas hurtados de hospitales, funerarias y morgues de toda índole. Y yo suelo pasearme con una calavera bajo el brazo, recitando todos los conjuros de invocación de los que soy conocedora. Todo es en vano. Nunca, ni en las noches más oscuras, ni en equinoccios ni en solsticios, jamás un fantasma vino a visitarme. Esta casa y sus majestuosas habitaciones siguen vacías y acompañando mi soledad, desde que a mi Albert le dio aquel ataque de locura, allá por 1842.

Soledad