Algo en la vida

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba su padre. Todas parecían iguales. La 10-11, la 12-13… y la 14-15. Siempre igual; al menos ahora no le azuzaba como cuando niño: esperaba pacientemente a que rebuscara en la caja de herramientas. De pequeño le decía que nunca llegaría a nada en la vida y ahora, mientras le sujetaba la escalera, no dejaba de alabarle: “Pues aquí donde lo ve, mi chico es abogado, habla inglés y es un hacha con los ordenadores”, como esperando a que alguno de sus clientes le contratara. Acabado el trabajo, volvían a casa en silencio. Su padre también le dejaba conducir la furgoneta.

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Algo en la vida