Un lío tremendo

Revista Adiós Cultural
Mis papás se arman un lío tremendo con algunas cosas.

Bueno, con muchas cosas.
Mi mamá es despistada, despistadísima: siempre se está dejando las llaves por todos lados, nunca se acuerda de comprar el pan y, a veces, lleva un calcetín de cada color.
Para colmo, los calcetines que lleva se los coge a mi papá.
Mi papá, claro, se enfada una barbaridad. Él no es nada despistado, le gusta que esté cada cosa en su sitio. El arroz, en el bote del arroz; las llaves, en la bandejita de las llaves; los calcetines, en el cajón de los calcetines.
Pero cuando me pongo a llorar o mamá se enfada, papá no sabe dónde ponerse. Sabe muy bien cuál es el cajón de los calcetines pero parece que no tiene un cajón para guardarse mis berrinches o los de mamá.

La cuestión es que mis papás se arman un lío tremendo con algunas cosas.
Todo eso lo digo por mi abuelo, que se murió la semana pasada.
Mi abuelo era mi abuelo favorito. Es verdad que solo tenía un abuelo, pero aunque hubiera tenido siete abuelitos, hubiera seguido siendo mi abuelo favorito.
Mi abuelo me traía trozos de chocolate cuando venía a casa. A mamá no le gustaba eso, porque me quitaba el hambre para cenar. A papá tampoco le gustaba eso, porque me podía manchar la ropa y habría que ponerla a lavar y a ver si me iba a quedar sin ropa para el día siguiente llevar al cole, y que a ver quién era el guapo que se ponía a lavar a mano a las doce de la noche. O algo así.
Pero a mí me encanta el chocolate. Es lo que más me gusta del mundo. Chocolate es mi palabra favorita de todas.
También hacíamos más cosas, pero ahora mismo solo me acuerdo del chocolate. Es como cuando mis papás me preguntan qué he hecho en el cole. Yo siempre les digo que no me acuerdo. Y les digo que no me acuerdo porque no me acuerdo. Pero luego, más tarde, me acuerdo de que he jugado con Luisa a las carretillas, y se lo cuento a mamá. Pero entonces, mamá ya no tiene tantas ganas de saber lo que he hecho en el cole porque estamos en la cama y quiere que me duerma ya.
Supongo que lo mismo me pasará con mi abuelo. Ahora solo me acuerdo del chocolate.

La cuestión es que mis papás se arman un lío tremendo con algunas cosas.
Me dijeron que mi abuelito se había ido al cielo. Y yo les pregunté que para qué, y ellos me dijeron que es allí cuando vamos cuando nos morimos, y yo les pregunté que cómo llegamos hasta allí, y ellos me dijeron que flotando, y yo les pregunté que cómo podría encontrarlo cuando yo me muriera y fuera flotando hasta el cielo, y ellos me dijeron que preguntando.
Quise preguntar más cosas pero ellos me dijeron que una parte del abuelito estaba dentro de mí, que solo tenía que recordarle. Yo les dije que solo me acordaba del chocolate y que hacía mucho tiempo que no comía chocolate y que, seguramente, no quedaba nada de chocolate dentro de mí, que si querían que me acordara del abuelo me dieran algo de chocolate.
Pensaba que no me harían caso, pero sí, me dieron algo de chocolate.
Y, ¿sabéis qué? Sí que funcionó un poquito. Al comerme el chocolate me acordé del abuelito y de otras cosas, como cuando a veces me recogía del colegio y en lugar de volver por el camino de siempre nos íbamos por otras calles a ver los lugares favoritos del abuelo, como si fuéramos exploradores.
Yo siempre quería que viniera mi abuelito para ir a explorar.
También me acordé de cómo me enseñó a dejar de tener miedo a los perros. Porque yo tenía miedo a los perros. A todos los perros. Da igual si eran grandes o pequeños, peludos o no peludos. Todos me daban miedo. A papá también le dan miedo, supongo que porque tampoco tiene un cajón donde guardar lo que suelen hacer los perros. Porque claro, los perros no se sabe muy bien lo que pueden hacer, y uno no sabe muy bien qué hacer con ellos. Quizá por eso yo también les tenía miedo a los perros. Todo el mundo dice que me parezco mucho a papá, que tenemos la nariz y los ojos y la boca y las orejas parecidas, supongo que también tenemos parecidos los miedos, aunque yo no soy nada ordenada, no tengo cajones para guardar los calcetines.
Pero mi abuelo me enseñó a fijarme en sus colas. Si movían la cola es que estaban contentos y que lo único que querían si se te acercaban a ti es demostrarte lo contentos que están, como cuando mamá encuentra las llaves que ha perdido y se pone a dar saltos de alegría y a darme besos y abrazos aunque yo no haya hecho nada por encontrarlas. Desde entonces, cuando veo un perro, me fijo en su cola, y si se mueve tengo un poquito menos de miedo. Hasta llegué a tocar a un perrito pequeño, tan pequeño que pensé que ni siquiera tenía dientes. Eso sí, lo toqué junto a mi abuelo, si no, no creo que me hubiera atrevido. Además, me di cuenta de que, aunque fuera pequeño, el perro tenía dientes.
Puede que, cada vez que vea un perro, también me acuerde de mi abuelo.
Quizá es eso lo que me querían decir mis papás, que hay un montón de cosas que ahora tengo gracias a mi abuelo. Y aunque él no esté, yo todavía las tengo. Como el sabor del chocolate, o las ganas de explorar a la vuelta del colegio o saber que cuando un perro mueve la cola significa que está contento y que no te quiere morder.
Sí, supongo que eso es lo que me querían decir mis papás.

La verdad es que mis papás se arman un lío tremendo con algunas cosas.

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