Coma

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Vuelve a pedirme que le empuje, nunca se cansa. “La última vez”, digo; y él dice que sí, claro, como prometen los niños cuando quieren conseguir algo que desean a toda costa. Tomo impulso y empujo el carrito de la compra, atravesamos el pasillo a toda velocidad. “Otra vez”, me pide. “No”, le digo, pero él insiste, como era de esperar. De una manera tan vehemente que termino por claudicar, una y otra vez, hasta que, de pronto, una luz, un parpadeo. Veo a mi mujer, dormida en una incómoda butaca; también a mi hijo, que me toma la mano. “¡Llegaste!”, dice. Qué mayor está.

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Coma

Errantes

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Que todo vuelva a ser como antes, repetía mi hermano Owen al acostarse. Se tapaba por completo con la manta porque, con su lógica infantil, pensaba que así sus rezos eran inaudibles para mamá. Musitaba una oración rápidamente, sin espacio entre las palabras, como un necesario y aburrido peaje para establecer la conexión con Dios, y entonces formulaba su deseo, una y otra vez, hasta quedarse dormido: Que todo vuelva a ser como antes. El silencio consiguiente era la peor parte: la noche parecía interminable. Antes distraía mi aburrimiento de la misma manera en la que lo hacía cuando dormíamos juntos: despertándole, susurrándole o pellizcándole los pies, pero ahora solo deseo que se olvide de mí. Que deje de rezar. Que me deje partir.

Errantes

Amor, amor, amor.

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La ciudad del amor, dicen. Son términos antagónicos, ciudad y amor. En una ciudad puede haber amor, pero también, por fuerza, habrá odio, contaminación, envida y cagarrutas de perro. Viajar hasta allí es como comprar un billete hacia la decepción. Prefiero las ciudades sin apellido, pero a mi esposa le hace ilusión. Ella no ve esas cosas. Si le dicen que es la ciudad del amor, solo verá amor. Ya le dijeron que un matrimonio era amor y, durante 25 años, solo ha visto amor. Es ciega a la monotonía, a la pérdida de pasión, al aburrimiento y a la señorita Pajares, mi secretaria.

Amor, amor, amor.