El escritor

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El crujir de las hojas les recuerda lo solos que están a los dos amigos. Sin embargo, uno de ellos, el más alto y desgarbado, parlotea sin dejar de gesticular, como si sus manos abrieran una y otra vez compuertas invisibles por las que las palabras pudieran desfilar. Habla de expectativas, de un calendario que cumplir, un libro que imprimir, un premio que recoger, un discurso que pronunciar vestido de etiqueta; de pronto, su rostro muda de la alegría al horror, y nombra mazmorras oscuras y desfiles huérfanos de historias. El otro, más rechoncho y gris, permanece mudo, escuchando con atención. Su pasear termina y vuelven a casa. El más rechoncho se sienta ante la máquina de escribir e introduce un folio en blanco. El otro, el desgarbado, no se separa de él. Se apoya indolente, sobre sus hombros y mira, expectante, la hoja de papel.

 

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