Frankenstein

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Lo que usted diga, doctor Frankenstein, digo para mis adentros. Claro, el doctor lo tenía muy fácil: un cadáver por aquí, un cerebro por allá, un poco de electricidad y voilà; asunto arreglado. Pero claro, las cosas no son así. La gente no resucita con electricidad, ni los problemas se solucionan echándoles dos cojones, como está diciendo el taxista. Quisiera decírselo, pero los niños de doce años que vuelven del funeral de su madre no dicen esas cosas. Sin embargo, papá le ha hecho parar el taxi y hemos continuado a pie. Ni siquiera le ha pagado. Muy bien, papá; con un par.

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Frankenstein

El escritor

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El crujir de las hojas les recuerda lo solos que están a los dos amigos. Sin embargo, uno de ellos, el más alto y desgarbado, parlotea sin dejar de gesticular, como si sus manos abrieran una y otra vez compuertas invisibles por las que las palabras pudieran desfilar. Habla de expectativas, de un calendario que cumplir, un libro que imprimir, un premio que recoger, un discurso que pronunciar vestido de etiqueta; de pronto, su rostro muda de la alegría al horror, y nombra mazmorras oscuras y desfiles huérfanos de historias. El otro, más rechoncho y gris, permanece mudo, escuchando con atención. Su pasear termina y vuelven a casa. El más rechoncho se sienta ante la máquina de escribir e introduce un folio en blanco. El otro, el desgarbado, no se separa de él. Se apoya indolente, sobre sus hombros y mira, expectante, la hoja de papel.

 

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