La puerta

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Subió los diez pisos hasta la azotea. Le extrañó que la puerta estuviera abierta. Pareciera que un hospital fuera un avión en pleno vuelo: botones rojos para atravesar los pasillos y ni hablar de abrir las ventanas. Aquella azotea era horrible; nada de baldosas de terracota, nada de musgo por las esquinas: solo tremendos y ruidosos cajones y un escueto trozo de suelo por el que pasear. Allí, tras un recoveco, se encontró con un nutrido grupo de enfermos, como él, con la bata anudada a la espalda, que le dieron la bienvenida. Charlaron un rato hasta que se sintió inquieto por su ausencia. Se despidió de sus nuevos amigos y se dirigió a la salida. No pudo salir: la puerta solo se abría por dentro. Un coro de espectrales risitas resonó a sus espaldas.

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