Cigarrillo

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Solo le quedaba un cigarrillo cuando decidió dejar de fumar. Allí quedó, bamboleante dentro de su cajetilla, como un cachorro que esperara ansioso alguien con quien jugar. Decidió conservarlo, guardado en un cajón; le proporcionaba una vaga sensación de triunfo. A veces lo sacaba y lo sopesaba con delicadeza, como si fuera un pergamino antiguo, aspiraba el aroma del tabaco reseco y lo devolvía a su lugar, como con nostalgia de su antiguo yo. Un yo más joven y que fumaba. A la vuelta del funeral, lo encendió y todo se desbocó. Lo apagó a mitad, apresuradamente, y lo guardó de nuevo. Se tumbó en la cama, con las piernas flexionadas. Su figura recordaba vagamente a un cigarrillo apagado.

Cigarrillo

La puerta

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Subió los diez pisos hasta la azotea. Le extrañó que la puerta estuviera abierta. Pareciera que un hospital fuera un avión en pleno vuelo: botones rojos para atravesar los pasillos y ni hablar de abrir las ventanas. Aquella azotea era horrible; nada de baldosas de terracota, nada de musgo por las esquinas: solo tremendos y ruidosos cajones y un escueto trozo de suelo por el que pasear. Allí, tras un recoveco, se encontró con un nutrido grupo de enfermos, como él, con la bata anudada a la espalda, que le dieron la bienvenida. Charlaron un rato hasta que se sintió inquieto por su ausencia. Se despidió de sus nuevos amigos y se dirigió a la salida. No pudo salir: la puerta solo se abría por dentro. Un coro de espectrales risitas resonó a sus espaldas.

La puerta