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Pero ya nada sería igual. Podría asumir la muerte, su propia muerte, pero el olvido, no. ¿Cómo asumir que olvidaría paulatinamente a sus nietos, sus hijos, su mujer, su propio nombre? De pronto, su vida le pareció repleta de hitos, de momentos felices, intensos, y sintió un nudo en la garganta, como si quisiera tragarse una mandarina. Cuando llegó su mujer lo encontró sentado en la cocina, mirando ausente los azulejos amarillentos. Él le pidió un vaso de agua, tenía la boca seca. Ella se lo sirvió y él sonrió, como se sonríe cuando se quiere dar una buena noticia y no se recuerda cuál.

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