Liberación

Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer, más templada, como la de una abuelita de cuento. Me pidió que la llevara a tomar un vino a una terraza. Pareciera que, desde que papá desapareció, se sintiera liberada, con permiso para hacer cosas que nunca había hecho, para respirar un aire que nunca había respirado. Con la copa en la mano miraba divertida a uno y otro lado. Yo disfruto tanto como ella y mantengo mi sonrisa mientras conduzco hasta la vieja casa donde tengo encerrado a papá. Cabía la posibilidad de que mamá lo echara de menos, se preguntara desesperada por qué había desaparecido, pero eso no ha ocurrido y, a juzgar por la desesperanza de sus gemidos cuando le he devuelto la escudilla vacía, parece que papá lo ha adivinado.

Liberación

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Pero ya nada sería igual. Podría asumir la muerte, su propia muerte, pero el olvido, no. ¿Cómo asumir que olvidaría paulatinamente a sus nietos, sus hijos, su mujer, su propio nombre? De pronto, su vida le pareció repleta de hitos, de momentos felices, intensos, y sintió un nudo en la garganta, como si quisiera tragarse una mandarina. Cuando llegó su mujer lo encontró sentado en la cocina, mirando ausente los azulejos amarillentos. Él le pidió un vaso de agua, tenía la boca seca. Ella se lo sirvió y él sonrió, como se sonríe cuando se quiere dar una buena noticia y no se recuerda cuál.

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