venganza

“Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar, no soportaría que me metieran en una caja y me enterraran para que se me comieran los gusanos”, me rogaste desde tu cama del hospital. En los últimos meses de agonía tu carácter se había dulcificado. Te sentiste vulnerable, supongo… parecías otra persona. Aun así, todavía doy un respingo y me encojo sobre mí misma cuando escucho un golpe seco e inesperado. Como cuando lanzan la primera palada de tierra sobre tu maldito ataúd.

 

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venganza

solo

Aquel hombre discreto llegó a la oficina como quien se cuela en una fiesta a la que no le han invitado: aprovechando una puerta abierta y colocándose en un rincón. Poco a poco fue ganándose la confianza de sus compañeros. Era trabajador, eficiente y solidario. Con el tiempo ya nadie se preguntaba cómo había llegado hasta allí. Era simplemente imprescindible. Un día se reunieron en torno a él, todo sonrisas, y le regalaron un reloj y una tarjeta firmada por todos. Le habían considerado capaz de encargarse él solo del trabajo de los demás. Brindaron con cava, le cantaron y le dieron palmaditas en la espalda mientras iban abandonando la oficina para siempre. Aún con una sonrisa tímida congelada en el rostro nuestro hombre quedó solo. Miró en derredor, suspiró y comenzó a recoger los vasos vacíos y demás restos de la fiesta.

solo

camino de migas

Deja unos puntos suspensivos tras de sí, a modo de migas de pan, para poder encontrar el camino de vuelta hasta nosotros. Cuando mamá le llama para cenar tarda unos minutos, pero siempre aparece. Sudoroso, agitado, despeinado, pero aparece. Yo le abrazo y me prometo a mí mismo que, de mayor, seré fontanero, ingeniero o trapecista, pero nunca escritor.

camino de migas