tercer grado

Las palabras que ha aprendido por la noche nos las repite en el desayuno: farlopa, camellar, chabolo, gamba, jincho, lumiasca, trece-catorce, sapear, peta, pestañí… A nosotros nos entra la risa tonta y casi nos atragantamos con los cereales. Después nos viste a toda prisa, nos lleva al colegio y, agotada, vuelve a casa. Aquí presumimos, nos chuleamos por tener una madre que pasa la noche en la prisión, trabajando. El resto de niños parece que nos tiene miedo, y eso nos gusta. Lo que no entendemos es que el director, cada vez que nos ve, nos dirija esa extraña mirada, tan cargada de lástima.

Anuncios
tercer grado

entrevistas de trabajo

Luego, si se fijan, acaban arrancando esa hilacha de su pantalón perfectamente planchado, de fino paño italiano, y se arreglan el nudo de la corbata una y otra vez. Solo les falta pasarse un pañuelo por la frente para parecer un perfecto retrato del nerviosismo. De hecho, algunos lo hacen mientras miran de reojo a los que son sus competidores, sonriéndose con cortesía pero deseándose mutuamente la peor de las muertes. No lo puedo evitar, disfruto viéndolos así mientras limpio la antesala. Tan sometidos. Quizá dentro de poco alguno de ellos sea mi jefe pero, mientras, disfruto. Y, sin querer, les golpeo en los tobillos con la escoba.

entrevistas de trabajo

indomable

Lo que daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase “lavavajillas”, “espumadera” o “colesterol”, le confesé a mi psicólogo. Este frunció el ceño, carraspeó y se ajustó las gafas con un gesto nervioso. El desgraciado no había entendido ni una palabra, pero trataba de aparentar que sí, que todas las incongruencias que había soltado por mi boca tenían algún sentido para él. Yo no estaba dispuesto a contarle mi vida a ningún loquero come-cocos por mucho que mis padres me obligaran a ello. El hombre volvió a carraspear, me miró a los ojos y recurrió al viejo truco de repetir la última palabra de mi discurso: “¿Colesterol?” Entonces, rompí a llorar.

indomable

lluvia de fuego

La lluvia de fuego que lentamente devoraba la ciudad de las hormigas emitía un silbido particular al caer. El niño, fascinado, mantenía en alto aquel plástico en calladas llamas que vomitaba las ardientes e inmisericordes gotas. Las hormigas, presas del pánico, correteaban en círculos y, a veces, alguna de ellas era alcanzada por una de las bolas y, casi al instante, se fundía con ella en un todo negruzco y abrasador. Se hizo tarde y el niño volvió a casa de sus abuelos. Como siempre, antes de dormir, rezaron una oración por la memoria de sus padres. Su abuela, enternecida por su comportamiento ejemplar, le dijo: “Tus padres estarían orgullosos de ti.”

lluvia de fuego