la ventana

Pero nunca, sin saber bien por qué, dejarán de mirar hacia arriba, hacia la ventana de la habitación más alta. Nunca han visto otra cosa que esas cortinas floreadas y descoloridas por el paso de los años pero algo les impele, cada día a la vuelta del colegio, a echar una mirada, quizá esperando sorprender un leve movimiento, a alguien acechando tras ellas, a descubrir al monstruo que dicen que allí vive. Aún años después, cuando sus vecinos abandonen la casa y esta quede abandonada, su mirada se escapará hacia aquel ventanuco. Un día la pondrán en venta y, en la jornada de puertas abiertas, no podrán evitar la tentación de hacerse pasar por un visitante más y encaramarse hacia aquella habitación. Las cortinas seguirán siendo los mismos retales floreados y descoloridos de siempre y, quizá, se sentirán inquietos y emocionados, como si husmearan en la casa de un artista famoso. Conteniendo la respiración pasearán su mirada por unos muebles escasos y de tinte infantil. Verán profundas marcas en el suelo que no sabrán identificar y, a medio camino entre la cama y la ventana, verán un dibujo colgado que ni los antiguos dueños ni los agentes inmobiliarios habían considerado oportuno retirar: en él distinguirán tres figuras: dos niños, ellos. Lo sabrán por las mochilas de brillantes colores que siempre llevaban. El tercero será una figura más alta y de rostro extraño. Todos sonrientes y cogidos de la mano. La mochila del tercero, la mía, es de Superman.

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la ventana

el mundo

Por qué demonios sus dueños los han abandonado en ese inhóspito lugar llamado vida. Rosaura entendía el mundo en esos términos. Estaban los amos, para los que araban y limpiaban; estaba su marido, que tenía podridas las entrañas de tanto trabajar, beber y esperar un hijo, y estaban los dueños: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Rosaura pensaba que todo iría mejor si quien mandara fuera la Virgen. Era a su estampita a quien íntimamente rezaba y a quien dirigió su mirada la mañana que, en su puerta, apareció un cesto con un bebé. Una niña. Desde entonces, en el interior de Rosaura se gestó una nueva y perenne división: mujeres y hombres.

el mundo

compañero

Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero. Qué gusto. Mientras subía las escaleras de vuelta al salón se sintió ligero como una pluma. Menuda lata se había quitado de encima. Ese hombre no tenía ideas propias y, cuando se le acabaron las referencias que había aprendido de los libros, la conversación se tornó completamente insustancial. Cada vez tenía peor criterio para elegir a sus acompañantes pero, esa noche, esperaba acertar. Siempre le había fascinado la fascinación por las ideas, más que las ideas en sí. Y ese joven que discutía acaloradamente con la condesa le parecía un gran candidato. Sonriendo, se acercó y le rellenó la copa.

compañero