lastres

Aquel pedazo de madera del que no recordaba el nombre se le resbalaba de las manos pringosas. Pensó en llamar a su mujer pero recordó que estaría pasando unos días con su madre. Siempre lo hacía en aquella época del año. La cuidaba una temporada y, con eso, se sentía aligerada de su culpa permanente por haberla ingresado en aquella residencia. Por suerte, acudió en su ayuda una linda jovencita; le limpió con una toallita y le puso el bastón, “¡eso, bastón!” en las manos. Sonrió agradecido y se sentó en una silla de aspecto confortable. Le sorprendió ver a la madre de su mujer allí, dos sillas más adelante. Quiso llamarla pero, entonces, comenzó a sonar la sintonía de su programa de televisión favorito y él, feliz, la acompañó con su tarareo.

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familia

Tanto visitante inesperado abruma a mi abuelo. Acomodado a las rutinas de la residencia le cuesta reconocernos y, de tanto en tanto, echa una mirada al retrato de la abuela, como buscando apoyo. En algún momento siempre se entristece y acaba por contar de nuevo la historia del niño salvaje que encontraron cerca de la granja, el que se había criado en el monte con una camada de perros. De cómo le alimentaron, le vistieron y trataron de darle una educación. Hasta que el niño, noble como nadie, desapareció al cabo de los años. Entonces padre se impacienta y, rascándose con fiereza detrás de la oreja, gruñe: “Venga niños, despedíos del abuelo”.

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