trastos viejos

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Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial, en la buhardilla de los juguetes rotos, de los muebles cojos y desconchados, de la ropa que se ha quedado anticuada, del mundo inservible. Allí, paciente y digna como siempre. A veces subo a jugar, a hacer como si fuera mi casa, a trastear mientras relato mis problemas en voz alta. Lo de ese compañero del cole que me llama pato, lo de que los papás están siempre discutiendo, lo de mi hermano… Luego, digo “adiós abuela, ya me siento mejor”, y cierro la puerta con cuidado.

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trastos viejos

el intercambio

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Aquel ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado era papá. Le encantaba esa atracción de la feria. Mucho más de lo que a él le hubiera gustado reconocer. A la gente le gusta sentirse grande, quizá porque en su día a día todo el mundo se siente pequeño. Papá, en cambio, era siempre tan grande que, de tanto en tanto, necesitaba verse pequeño. Un día exigió al feriante que aplicara todas sus lentes, que le hiciera más minúsculo todavía. Llegó a ser tan pequeño como una hormiga y, con la última lente, desapareció. Cuando quisieron reaparecerlo, llegó el joven jardinero. Y fue así como nos explicó mamá lo del cambio de papás.

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