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Pablo y su padre jugueteaban nerviosos con sus pañuelos. Ambos repetían los mismos gestos, ambos se removían, inquietos, como si su cuerpo se quejara de aquella inmovilidad, de estar retenido en aquellas cuatro paredes repletas de enseres de cocina, de libros y de aire cargado. Tenían calor pero no se atrevían a quitarse el jersey. Madre lloraba, la cabeza rendida sobre el boletín de notas de Pablo. Finalmente, apartó la vista y emitió un prolongado suspiro.

–Madre, yo es que no valgo para estudiar –dijo Pablo.

Padre quiso añadir algo, pero madre no le dejó.

–Tú te callas –escupió ella. Ambos, padre e hijo, miraban de hito en hito al campo que se adivinaba tras la ventana.

–Anda, id –dijo finalmente madre.

Padre e hijo marcharon a continuar las faenas de la granja y madre quedó allí, en la cocina, postrada en su silla de ruedas y libro en mano, como siempre. Se acariciaba su abultado vientre y leía en voz baja al niño que tenía que venir, con una mezcla de angustia y profunda esperanza en su susurro.

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locos

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Y así, tontamente, acabe pegándome un tiro. Hay que tener cuidado, mi abuelo de tanto en tanto se casca su salacot y, Winchester en mano, se aposta tras la barandilla de la escalera y dispara a todo lo que se mueva en el salón. Pasemos rápidamente a la salita, pues. Te presentaré a mis padres. No te extrañe verlos callados, quietos como un gato de mármol. Hace unos años aprendieron telepatía y se entretienen así. Aquí, sentémonos aquí, junto a la ventana, prueba uno de mis pastelitos de cartón; los rellenos de celofán son mis preferidos. Ahora, hablemos. A ver, ¿qué locura es esa de casarnos?

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