Frankenstein

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Lo que usted diga, doctor Frankenstein, digo para mis adentros. Claro, el doctor lo tenía muy fácil: un cadáver por aquí, un cerebro por allá, un poco de electricidad y voilà; asunto arreglado. Pero claro, las cosas no son así. La gente no resucita con electricidad, ni los problemas se solucionan echándoles dos cojones, como está diciendo el taxista. Quisiera decírselo, pero los niños de doce años que vuelven del funeral de su madre no dicen esas cosas. Sin embargo, papá le ha hecho parar el taxi y hemos continuado a pie. Ni siquiera le ha pagado. Muy bien, papá; con un par.

Frankenstein

El escritor

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El crujir de las hojas les recuerda lo solos que están a los dos amigos. Sin embargo, uno de ellos, el más alto y desgarbado, parlotea sin dejar de gesticular, como si sus manos abrieran una y otra vez compuertas invisibles por las que las palabras pudieran desfilar. Habla de expectativas, de un calendario que cumplir, un libro que imprimir, un premio que recoger, un discurso que pronunciar vestido de etiqueta; de pronto, su rostro muda de la alegría al horror, y nombra mazmorras oscuras y desfiles huérfanos de historias. El otro, más rechoncho y gris, permanece mudo, escuchando con atención. Su pasear termina y vuelven a casa. El más rechoncho se sienta ante la máquina de escribir e introduce un folio en blanco. El otro, el desgarbado, no se separa de él. Se apoya indolente, sobre sus hombros y mira, expectante, la hoja de papel.

 

El escritor

Desapariciones

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Desde ese día nadie vende barquillos en el parque, ni nadie se pasea de noche por las calles con un manojo de llaves, encendiendo las farolas, ni nadie arrastra una vieja motocicleta con una piedra de afilar, haciendo sonar una flautita. Son cosas pasadas, caducas. Quizá hacía mucho más tiempo, pero yo no me di cuenta hasta ese día. Una a una iba percatándome de desapariciones. No había niños jugando solos en la calle, ni solares con naranjos en plena ciudad, ni el sonido de tus llaves al llegar a casa. Es algo paulatino e irreversible: hasta en la panadería he de decir “buenos días” cada vez más alto.

Desapariciones

Momentos

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Ya voy, ya voy, parecía estar diciendo. Como cuando un policía te pide la documentación del coche y buscas frenético en la guantera. La tengo aquí, agente, de verdad. Es que hay tantos papeles que no consigo encontrarla. Un momento, un momento… Y buscas y buscas pero solo encuentras objetos viejos, desgastados, dinosaurios con olor a rancio. La taquillera depositó el cambio en la lengüeta metálica y papá recogió las entradas sin abrir la boca: el momento había pasado, como todos los sábados en los que lo acompaño a ver a la taquillera de pelo corto. Nos sentamos a esperar que empiece la película, resignados. Se apagan las luces y yo le cojo la mano, igual que hace el novio de mamá.

Momentos

El trastero

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El traje era auténtico: bajo el hombro izquierdo se destacaba la bandera de los Estados Unidos de América y, en el pecho, el símbolo de la NASA. También la escafandra, negra y vagamente amenazadora, como los ojos de un tiburón. La tintineó con un dedo, un tanto temeroso. Sonaba a hueco. Vio a un lado el ventilador que estaba buscando. Lo cogió con cuidado y salió de allí. Mientras lo enchufaba miró a aquel viejo gordo, en camiseta de tirantes y con una cerveza en la mano. “Abuelo…” comenzó a decir, pero el hombre le hizo callar: el partido había empezado.

El trastero

Cigarrillo

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Solo le quedaba un cigarrillo cuando decidió dejar de fumar. Allí quedó, bamboleante dentro de su cajetilla, como un cachorro que esperara ansioso alguien con quien jugar. Decidió conservarlo, guardado en un cajón; le proporcionaba una vaga sensación de triunfo. A veces lo sacaba y lo sopesaba con delicadeza, como si fuera un pergamino antiguo, aspiraba el aroma del tabaco reseco y lo devolvía a su lugar, como con nostalgia de su antiguo yo. Un yo más joven y que fumaba. A la vuelta del funeral, lo encendió y todo se desbocó. Lo apagó a mitad, apresuradamente, y lo guardó de nuevo. Se tumbó en la cama, con las piernas flexionadas. Su figura recordaba vagamente a un cigarrillo apagado.

Cigarrillo

La puerta

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Subió los diez pisos hasta la azotea. Le extrañó que la puerta estuviera abierta. Pareciera que un hospital fuera un avión en pleno vuelo: botones rojos para atravesar los pasillos y ni hablar de abrir las ventanas. Aquella azotea era horrible; nada de baldosas de terracota, nada de musgo por las esquinas: solo tremendos y ruidosos cajones y un escueto trozo de suelo por el que pasear. Allí, tras un recoveco, se encontró con un nutrido grupo de enfermos, como él, con la bata anudada a la espalda, que le dieron la bienvenida. Charlaron un rato hasta que se sintió inquieto por su ausencia. Se despidió de sus nuevos amigos y se dirigió a la salida. No pudo salir: la puerta solo se abría por dentro. Un coro de espectrales risitas resonó a sus espaldas.

La puerta